Cuando inscribimos a nuestros hijos en un deporte, lo hacemos por amor. Para que ocupen sus tardes en algo bueno, para que aprendan algo, para que estén sanos. Nadie lo inscribe pensando en un trofeo.
Pero con el tiempo, algo cambia.
Llegan los torneos. Los partidos. Las competencias. Y con ellos llega algo que nadie nos advirtió: las expectativas.
¿Y si gana? ¿Y si pierde?
¿Y si de verdad es muy bueno?
¿Llegará a un mundial? ¿A unas olimpiadas?
Sin darnos cuenta, esas preguntas empiezan a cambiar cómo lo miramos desde la grada. Lo que le decimos en el carro de regreso. El silencio cuando no le fue bien. La cara de decepción que creemos que no ve.
¿Ya lo habías pensado?
